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28 febrero, 2018

El primer café: recuerdos de una primera experiencia

“Amargo como la vida, dulce como el amor y suave como la muerte”. Estos son los versos que se utilizan los saharauis para describir los tres vasos que sirven durante el ritual del té, y es que, como sucede con cualquier infusión, dependiendo del tipo de preparación, con el mismo producto se puede obtener un resultado u otro.

Concretamente, en este ritual, el primer vaso tiene un sabor amargo, el segundo es endulzado (bastante) con azúcar, y el tercero se vuelve mucho más tenue… y aunque no tenga mucho que ver, este viejo proverbio no ha podido evitar recordarme a mi experiencia con el café de especialidad.

Apenas recuerdo cómo fue la primera vez que tomé café en mi vida, aunque con toda probabilidad sería el blend más barato del supermercado preparado en la cafetería italiana de casa…. Y con toda probabilidad, aquel sabor amargo me desagradaría lo suficiente como para no querer volver a probarlo en años.

Mi segunda experiencia con el café vendría de la mano de los solubles y recuerdo perfectamente que fue en la universidad: una marca que decía ser “café vienés” pero que incluía “chips” de chocolate. Si me hubiese dado por mirar los ingredientes de aquel envase, habría descubierto que de café había muy poco… aunque no tengo la menor duda: aquello era indudablemente dulce.

Desde aquel momento hasta entonces me acostumbré a atiborrar el café de azúcar y leche condensada evitando el regusto amargo y a carbón que acostumbra a dejar el café en España… Hasta que un día escuché hablar de un tipo de café que no necesita edulcorantes ni mucho menos, un tipo de café que, para mi sorpresa, ¡se puede tomar solo! (y sí, sin hacer una mueca de desagrado).

De aquello ya hace bastantes meses, y fue precisamente de la mano de Kim Ossenblok de quien escuché que había “otra forma de hacer café”. Él no se refirió en ningún momento al café de especialidad o café especial (por alguna extraña razón, a veces parece que esas palabras son tabú)… De ahí que tardarse incluso unos meses más en descubrir el auténtico nombre de este café.

Y finalmente sucedió… trabajando en un artículo sobre café y millennials, apareció por primera vez ese nombre en mi vida: “café de especialidad”. Desde entonces comencé a documentarme sobre el tema, profundizar muchísimo más en “la química del café” e indagar en la magia que existe detrás del café de especialidad hasta que finalmente pude probar uno.

Recordando aquel viejo proverbio saharaui, creo que me haría falta reescribirlo… Ácido como la vida, intenso como el amor y suave como la muerte. Quizás sean estas las emociones que recuerdo de aquel primer espresso: un “todo en uno” para comprender qué era aquello de lo que tanto tiempo había escuchado hablar y que hasta entonces me era desconocido.

Solo me faltaba por responder una pregunta: ¿para cuándo el siguiente?

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