El café de especialidad: ¿predicando a los conversos?

El café de especialidad: ¿predicando a los conversos?

Basta de tonterías en el café: así de simple. Ni selfies, ni impresiones automáticas, ni relieves absurdos en 5 dimensiones sobre la taza de café… Estas son algunos de los elementos que Jordi Luque no duda en criticar en uno de sus artículos para El Comidista: “¿No podríamos centrarnos en limpiar conductos y filtros de máquinas, comprar grano que no sea puro carbón y borrar el torrefacto de la faz de la Tierra?”, sentencia el periodista.

Por supuesto, el latte art también recibe alguna que otra crítica, aunque dejando de lado este asunto… ¿y si todo lo aprendido para vender el café está mal?  No estamos hablando de que haya que olvidarse del aspecto estético, sino de que hemos llegado a un punto en el que la parte visual está anestesiando el resto de sentidos y relegando al aroma, textura y sabor del café a un segundo o tercer plano.

“Y algunos restaurantes de estrellas michelin, seguirán ofreciendo cafés premolido en cápsula de aluminio, para terminar una cena de 120€ por persona”, asegura Kim Ossenblok en su blog para ilustrar la realidad que se esconde detrás.

A estas alturas, parece que da igual que te estén poniendo el peor torrefacto siempre y cuando el dibujo esté bien hecho (si total, después con 2 o 3 sobres de azúcar todo queda arreglado).

Y mientras que los cafés “gourmet” sacados de una de esas “hiperautomáticas” siguen ganando terreno, el café de especialidad permanece en las sombras de lo que ya es el producto de una élite muy selecta.

Hablar de hacer pedagogía, acostumbrar al usuario y divulgar la cultura del café de especialidad está muy bien…. ¿pero y si en vez de recordar una y otra vez lo que hay que hacer se empieza a ejecutar?

Parece que existe cierto miedo por parte de los baristas a perder clientes o a que el producto no termine de gustar. Raúl Alonso, barista para el grupo Dromedario, comentaba que él no es quién para enseñar a los clientes, a la vez que calificaba de “talibanes” a los puristas del café de especialidad que fuerzan al resto de seres humanos a tomar el café solo y sin nada más.

Vale, está bien… tampoco hay que pasarse ni hay que obligar a nadie a tomar algo que de entrada no le tiene por qué gustar. Pero escudándose en ese pretexto se lleva postergando desde hace mucho una tarea tan crucial como educar el paladar del consumidor final.

Al final, todo se queda en una tímida intención de salir a flote aunque haciendo el mínimo esfuerzo (todo sea que los amantes del torrefacto se fuguen a la cafetería de enfrente, más barata y con menos lío para tomar café).

¿El resultado? Predicar a los conversos y olvidarse de que hay mercado mucho más allá.